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La Era de los Mitos fue la primera de la historia de los Reinos Mortales tras la destrucción del mundo-que-fue y la llegada de Sigmar.

Tras despertar de su naufragio en el vacío, Sigmar emprendió grandes viajes de descubrimiento, explorando cada uno de los Ocho Reinos. Viajó mucho y lejos, halló enclaves de humanos primitivos y derrotó a bestias monstruosas. Sigmar enseñó a los humanos muchas cosas y ellos le adoraron.

Las civilizaciones florecieron y, en pocas generaciones, los cazadores que usaban armas de pedernal dejaron de ser nómadas y erigieron ciudades con majestuosas torres. Guiado por un conocimiento intrínseco o por el destino, Sigmar encontró o despertó a otros dioses, con consecuencias dispares.

Muchos dioses, agradecidos por haber sido despertados, juraron ayudar a Sigmar y las incipientes civilizaciones. Hubo una edad dorada de cooperación. Tempestades arcanas trajeron la mácula del Caos, pero la fuerte unión entre los muchos pueblos y sus dioses rechazó estos primeros ataques. Sólo cuando se debilitó esta alianza empezó una nueva era.

Es difícil separar los hechos de los relatos apócrifos, pues en esta era se mezclan mitos y leyendas. La gloria de esa época perdida aún se puede entrever en ciertas reliquias o ruinas arquitectónicas. Sus secretos, sin embargo, se perdieron bajo la bota del Caos o fueron ocultados por los dioses.

Historia Editar

Poco se sabe de los Ocho Reinos Mortales antes de Sigmar. Cuando éste llegó a ellos, los mundos aún estaban cubiertos por el rocío de la creación, si bien mucho de lo que había en aquellos reinos desperdigados ya era antiguo. El recién despertado Sigmar deambuló asombrado, hallando portales entre los reinos y explorándolos uno a uno.

Existen abundantes relatos sobre los encuentros de Sigmar, como el que cuenta su victoria contra las Hydragos que custodiaban las puertas de Shyish, el Reino de Amatista, y cómo halló a Nagash allí, en lo más profundo del inframundo, enterrado bajo un túmulo de piedra del tamaño de una montaña. Sigmar también derrocó a los volca-gigantes, liberando a Aqshy de su tiranía. Allí donde Sigmar fuera, hallaba bestias y criaturas asombrosas, pero también enclaves de mortales luchando por sobrevivir. Para ellos, Sigmar era nada más y nada menos que el mayor de los dioses, un inmortal que había tomado forma humana. Los bárbaros se reunían en torno a aquel que expulsaba a los monstruos. De hecho, la mayoría de depredadores de los Ocho Reinos huían ante la mera visión de Sigmar; y aquellos que no lo hacían eran despachados por el reluciente martillo de Sigmar o por los relámpagos de Dracothion

Metal y Fuego: Grungni y Grimnir Editar

Mientras Sigmar exploraba Chamon, escaló las Montañas de Hierro. En la cima más alta halló a dos dioses encadenados. Grungni y Grimnir no revelaron cómo habían llegado hasta allí, pero una vez libres, ambos dioses duardin juraron lealtad a su libertador.

Cómo eligió pagar su deuda cada dios dice mucho acerca de su carácter. Grungni era un maestro de la metalurgia, el padre forjador de su raza. Ahora que su cuerpo estaba lisiado, Grungni resolvió saldar la deuda mediante su artesanía, y se ofreció a fabricar cualquier cosa que Sigmar deseara. Grimnir, por su parte, no era un armero, sino un dios guerrero, así que le pidió a Sigmar que nombrase un enemigo digno de sus hachas, pues era de temperamento colérico y deseaba quedar en paz con Sigmar de inmediato.

Grungi reunió a su pueblo disperso y fundó el Karak de Hierro. Entretanto su hermano Grimnir recorría en solitario las colinas de Aqshy. Las batía en busca de la sierpe de fuego que Sigmar había nombrado y que aterrorizaba aquella región. La criatura a la que Grimnir siguió hasta su cubil era Vulcatrix, Madre de las Salamandras, el ser mitológico del que nacieron las llamas de los mundos. La sierpe de fuego se desenroscaba sobre el abismo fundido, sin que pareciera tener fin, alzándose muy por encima del dios guerrero duardin. El aire destellaba y crepitaba. Sin arredrarse, Grimnir alzó sus hachas y cargó.

El titánico choque que tuvo lugar vive en las leyendas, pues aplanó las colinas circundantes y creó las Llanuras de Aqshy. Cuando Vulcatrix rodeó a Grimnir, la barba y cresta de este prendieron en llamas, pero eso no hizo sino avivar la furia del dios. Las hojas de Grimnir hendieron en siete ocasiones las escamas fundidas de Vulcatrix, y el magma brotó de sus heridas. A su vez la Ur-Salamandra hirió con sus garras al enemigo numerosas veces. Ninguno se rendía y, según se recrudecía su duelo, tanto más lo hacía el infierno que les rodeaba.

En un último embate tumultuoso, ambos contendientes se abalanzaron de cabeza el uno contra el otro, quedando dios y bestia hechos añicos. Sus pedazos se desperdigaron por el vacío como una lluvia de meteoros ardientes. Allí donde caían las brasas candentes de Vulcatrix surgía un nuevo volcán. Por su parte, los fragmentos ardientes de Grimnir se transformaron en la mágica sustancia que los Matadores Ígneos llaman ur-oro, pero esa es una revelación que los duardin no comparten con nadie.

Choque de Fuerzas irresistibles: Gorkamorka Editar

Sigmar halló a Gorkamorka en el Reino de las Bestias. El dios pielverde de dos cabezas estaba atrapado en el interior de Drakatoa, la avalancha viviente que dominaba Ghyrria. Suspendido en el cieno primordial de esta monstruosa masa de ámbar, a Gorkamorka no le servían de nada su fuerza brutal ni su mente astuta.

Pese a que sospechaba que esa acción le traería problemas, Sigmar hizo que Dracothion bajase en picado. Como un cometa que cae del cielo, Sigmar lanzó su grito de guerra. Los relámpagos cósmicos del Gran Dragón y los mazazos de Ghal Maraz derrotaron a Drakatoa.

A Gorkamorka le complacía verse libre, aunque también estaba furioso; jamás se había visto atrapado de aquel modo, y jamás había necesitado ayuda. Como es natural en una criatura de emociones violentas, su reacción fue atacar. Y de qué modo. El dios bicéfalo alzó su maza y propinó a Dracothion un garrotazo que le dejó inconsciente. Iracundo por aquel ataque injustificado, Sigmar se levantó de su montura caída e inició lo que iba a convertirse una batalla de doce días. El estrépito del intercambio de golpes entre ambos dioses sacudió los Ocho Reinos Mortales. Cuando Sigmar derribó a su enemigo, hizo alzarse las Montañas de Maraz, mientras que los Cañones Tajo fueron creados por los porrazos fallidos del colosal garrote de Gorkamorka. Una miríada de depredadores se acercaron, atraídos por el olor de la sangre, pero el espectáculo era tal que las sierpes solares y los Shaggoths permanecieron unas junto a otros, las criaturas más hostiles que existen absortas ante el despliegue de fuerzas destructoras que tenía lugar producía delante de sus ojos.

Pero hasta los dioses se agotan. Al fin, dejando sus armas a un lado, ambos dioses se observaron desde los extremos del entorno ruinoso. En vista de la devastación que habían provocado en el paisaje y de la audiencia de feroces monstruos a los que su duelo había atraído, los dos sonrieron y luego rieron, y las ásperas carcajadas del dios pielverde se mezclaron con las sonoras risotadas de Sigmar. Viendo que el dios forzudo había igualado su propia belicosidad, Gorkamorka estrechó la mano del hombre-dios y accedió a pelear junto a el, y no contra él. 

La Gran Alianza: Tyrion y Teclis Editar

Tyrion despertó súbitamente en el Reino de Hysh. Aturdido tras su largo trance, fue recordando paulatinamente quién era. A buen seguro nada era ya como antes, pues ya no estaba sujeto a los confines de la carne mortal, sino que había trascendido a algo más elevado, a un dios de luz, era el Señor de la Iluminación.

Aunque ya no podía ver, Tyrion sentía la presencia brillante de su hermano Teclis junto a él. También había sobrevivido a la destrucción del mundo pretérito. Sin saber cómo ni por qué, Tyrion comprendió qüe el Reino de Hysh era suyo para moldearlo a su antojo, y ellos le servirían y lo protegerían. Tyrion despertó a su hermano y descubrió que podía ver a través de los ojos de Teclis. Juntos exploraron este nuevo mundo radiante. Atónitos ante aquellas tierras y criaturas extrañas, Tyrion y Teclis se impacientaron por descubrir a más gentes de su raza, pero no hallaron a nadie. 

Cuando Tyrion y Teclis se toparon con Sigmar se regocijaron por haber encontrado a alguien conocido, aunque ese gozo se tornó pesar tan pronto como supieron que, fuera de Azyrheim, no había rastro de los Aelf en ningún otro reino. Ambos juraron unirse a Sigmar y le siguieron hasta el Reino de Azyr para unirse al creciente panteón.

Sigmar continuó viajando largos años antes de retornar a los Cielos de Azyr. Una vez allí invocó a los seres más poderosos que había encontrado durante su viaje. Fue una reunión de poderes como jamás antes se vio, pues Sigmar había reunido un panteón que incluía dioses, semidioses y hasta monstruos zodiacales. Para dar cabida a tamaño cónclave, aplanó la cima del Monte Celestian, la cumbre más alta de todas. Con las estrellas brillando en torno a ellos, cada uno de los invitados ocupó su lugar y se estableció el alto consejo. 

A pesar de sus diferencias, y de que muchos de los dioses eran viejos archienemigos, se llegó a un acuerdo entre todos. Se nombró un protector para cada uno de los Ocho Reinos Mortales y se delimitaron las diversas regiones y sus fronteras. Se prestaron juramentos de alianza y comenzó una era dorada.  

Con ayuda de los dioses, proliferaron muchos nuevos asentamientos por los Ocho Reinos. Grungni enseñó a la humanidad cómo trabajar el metal y Nagash impuso orden entre los espíritus de los muertos, mientras sus Muertos Andantes sin mente ayudaban a construir estructuras defensivas. Se alzaron ciudades rápidamente, desde los páramos del Reino de Chamon hasta los agrestes bosques de Ghur. El comercio entre reinos era próspero y, pese a que descubrieron peligros inefables, su sólida alianza les permitió sobreponerse a todos ellos.

Mas ya en aquella época comenzaban a aparecer grietas en la base de esta nueva utopía. Varios dentro del panteón de Sigmar estaban desorientados. El más díscolo de todos era Gorkamorka, la deidad bicéfala de los pielesverdes. Cansado del continuo desasosiego que provocaba, Sigmar le encargó que despejase las regiones salvajes. Durante un tiempo, el belicoso dios se tomó en serio su papel de cazador de monstruos y limpió las llanuras de Ghur. Alarielle, por su parte, cada vez estaba más distante, pues anhelaba el mundo pretérito. Ahora sólo deseaba cuidar de sus extrañas cosechas. Sus períodos de reclusión en el Reino de la Vida eran cada vez más largos y le apesadumbraba regresar a la Bóveda Celestial para los concilios y las interminables trifulcas que allí tenían lugar. 

Aunque Malerion y Tyrion ayudaron a las civilizaciones recién fundadas, lo primero para ellos era buscar a los de su raza. No se había dado con rastro alguno de los Aelf, pero ambos soñaban despiertos con gritos lejanos de angustia, el sonido que los condenados proferirían durante los tormentos más retorcidos.

La historia de la búsqueda de Malerion y Tyrion es enrevesada, pues las argucias de los Dioses Oscuros están implicadas en ella. Cuando el mundo pretérito tocó a su fin, Slaanesh, Príncipe Oscuro del Caos, consumió demasiados espíritus, entregándose al festín con suma displicencia. Pero siguieron acudiendo más almas, hasta que el número le superó. Cuando acabó la tormenta del mundo, Slaanesh estaba abotargado e indefenso. El ahíto Dios del Caos se retiró a su guarida oculta para digerir su copioso banquete. Mas, pese a ser tan cauteloso, Slaanesh no escapó a las tramas de Tzeentch, quien manipuló a Khorne y a los neonatos dioses Aelf.

Así, al perseguir sus fines para capturar a Slaanesh, Malerion y Tyrion dejaron de lado su deber hacia Sigmar y debilitaron la Gran Alianza.   

El Gran ¡Waaagh! Editar

Tal y como pidió el concilio de dioses, Gorkamorka llevó a sus pielesverdes a los bosques, explorando los rincones más oscuros de los Ocho Reinos Mortales. Se veían obligados continuamente a luchar con bestias monstruosas, y hacerlo satisfacían parcialmente la naturaleza combativa de orruks y grots. Pero no les bastaba. Gorkamorka se cansó de las aburridas órdenes y leyes de los otros dioses y llegó a su límite.

Es imposible contener o dirigir la agresividad de un pielverde. Sin previo aviso, Gorkamorka estalló, lanzando un bramido todopoderoso. El rugido gutural estremeció los cielos, “¡Waaagh!”, un grito de guerra que hizo enloquecer aún más a los pielesverdes. La invasión subsiguiente lo pulverizó todo, como un alud viviente de violencia que barría por igual a monstruos y a viejos aliados. Las ciudades eran aplastadas y los ejércitos pisoteados. La cruzada pielverde siguió adelante, azotando los Ocho Reinos de un extremo a otro, dejando tras de sí un rastro de devastación total. Una vez hubo alcanzado el borde de la nada, el abismo del Fin del Mundo, Gorkamorka dio media vuelta y empezó de nuevo, asolando civilizaciones que aún estaban reconstruyéndose tras la destrucción previa.

El Gran ¡Waaagh! sólo conoció su fin cuando las tribus pielesverdes se sumieron en luchas intestinas. El propio Gorkamorka se dividió en dos entes, y ambos cayeron en las trifulcas tan típicas de su bárbara raza. Desde aquel día, Gorkamorka se ha reconstituido en varias ocasiones y cada una de ellas anunciaba otro ¡Waaagh! que reunía a las hordas de orruks más cercanas en una nueva oleada de violencia. Sin embargo, ninguna de las siguientes incursiones pielesverdes fue tan grande ni duradera como la primera, pues todas ellas se disolvieron en poco tiempo.

Fuentes Editar

  • Reglamento Age of Sigmar.

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