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Khorne es el más poderoso entre los Dioses del Caos. Carece de sutileza y sentido estético, pues es el Dios de la Sangre, el Señor de los Cráneos. En su negro corazón sólo tiene cabida la furia. La guerra, la masacre y los retos militares son los únicos deseos de Khorne.

La grandeza de Khorne eclipsa incluso a la de sus oscuros hermanos Nurgle, Tzeentch y Slaanesh. La violencia y el asesinato son los recursos de la fuerza del Dios de la Sangre, y todos los que levantan sus armas en contra de sus enemigos agrandan su gloria. Thus does Khorne’s power grow ever greater as the Realmgate Wars rage.

Poderosas personificaciones de la destrucción y la anarquía, los Dioses del Caos residen fuera de los Reinos Mortales. Son seres eternos de poderes casi ilimitados, demoníacas abominaciones que buscan corromper y dominar todo lo que encuentran. Igual que ellos siempre están en guerra con los Reinos Mortales, los Dioses del Caos también compiten entre ellos por el control total. En este conflicto, Khorne el Dios de la Sangre es quien suele alzarse vencedor.

Khorne es represetnado por sus devotos como un altísimo guerrero, tan alto que tapa las estrellas. Su monstruosa forma es pesada, musculosa y cubierta por entrelazadas placas de ostentoso latón. El semblante de Khorne es como el ruidoso hocico de un perro de guerra, sus ojos llameantes orbes de inagotable odio e infinita ira. El Dios de la Sangre se sienta sobre un munumental trono de calaveras, desde el que ruge una incesante llamada a la guerra que resuena por todos los reinos. A su lado reposa una colosal espada, conocida como la Terminamundos, the Allslaughter, y otros incontables nombres apocalípticos. Un solo movimiento de esta gigantesca espada puede partir en dos la realidad, borrando de la existencia ciudades enteras o exterminando ejercitos completos. Así demuestra su desagrado el Dios de la Sangre.

En el Reino del Caos, los dominios de los diosese crecen y menguan con el poder de su deidad padre. El infernal reino de Khorne ha sido el más grande por mucho tiempo. En su corazón se alza la Brass Citadel, una verdadera montaña de fortalezas, almenajes y forgas construídas alrededor del trono del Dios de la Sangre. Más allá de las defensas de rocosos muros y los fosos de sangre de la Ciudadela, el reino de Khorne se expande en todas las direcciónes por incontables leguas. Es un fracturado páramo de puros huesos rotos y ceniza, puntiagudos desfiladeros, oscuras fortalezas y estruendosos volcanes a través de los cuales, los demonios del Dios de la Sangre ofrecen su eterna guerra en su honor.

El pacto de las calaveras Editar

Khorne demanda absoluta devoción de sus devotos. No tienen nada menos desprecio por los débiles y compasivos, reservando su favor para aquellos que derraman sangre en su nombre. Khorne solo respeta la fuerza y la barbarie, y solamente otorga grandes obsequios a quienes demuestran tener lo bastante de ambas cosas.


Khorne no es adorado con plegarias sino con sangrientas batallas. Mientras la guerra ruge, el poder de Khorne crece fuerte, y por eso sus devotos buscan conflictos en cualquier oportunidad. Los fieles saben que a Khorne no le importa dónde fluye la sangre, y caerán sobre uno u otro si ningún enemigo se presenta por sí solo.

Hay muchas razones por las que los mortales caen en el culto de Khorne. Para algunos no hay oportunidad – porque han nacido en tribus que ya veneraban al Dios de la Sangre, o sus culturas son subjugadas por los que lo hacen. Otros ven una rápida ruta de poder, qué podría ser más fácil que rendirse a la agresión y la violencia que acecha en el corazónde todos los hombres? Grandes guerreros, primitivos cazadores, los fuertes buscando la dominación y los débiles la fuerza; todos se tornan a Khorne en busca de poder y, quizás, convertirse en demonios. Al principio las recompensas parecen grandes y el precio pequeño. Después de esto, ¿Qué guerrero se negaría a las demandas de Khorne que convertiría los regalos en muerte? Estos aspirantes pronto encuentran, que de cualquier forma, que el credo del Dios de la Sangre requiere más de ellos cada día, arrastrándolos completamente en un pacto de inolvidable matanza y destrucción que eventualmente los ve completamente perdidios en la sed de sangre.

En su corazón, el culto de Khorne es un violento, egoísta camino que que serpentea a través de los campos de batalla y más allá. Cada devoto de Khorne persigue su propia gloria pensando muy poco en los que luchan a su lado. Muchos caen, derribados en batalla mientras intentan provar su devoción al Dios de la Sangre. Solo el más fuerte prevalece, sonvirtiéndose en lo suficientemente poderoso como para pasar una de las ocho arcáicas pruebas de Khorne y convirtiéndose en uno más de la Bloodbound.

Considerados dignos por su maligno dios y bendecidos por sus oscuros regalos, estos guerreros comienzan su peligroso ascenso al poder verdadero. Ganando el suficiente favor, cualquiera de los Bloodbound puede ascender a un Deathbringer, a Bloodstoker, o cualquiera de los campeones de Khorne. Esta ascensión de poder trae con ella una gran recompensa. Un campeón ganará fuerza más allá de la comprensión humana, una piel blindada que ignora los golpes de las espadas mortales, o una demoníaca arama mágica que blandir. También el culto trae grandes riesgos. Khorne no acepta fallos de sus campeones, y el mínimo paso en falso puede acabar en la más horrorosa perdición porque el enfadado Dios de la Sangre destruye a los que le fallan. Una vez que un guerrero se combierte en Bloodbound, su pacto puede acabar solo de dos formas: alcanzar la gloria eterna, o una violenta y sangrienta muerte.

La Gran Matanza Editar

La Era del Caos ha visto a la civilización derrumbarse y a la anarquía reinar. Un velo de miedo y superstición cayó sobre los reinos, solo algunas historas sobreviven. Incluso ahora, en la Era de sigmar, oscuras historias son contadas alrededor de parpadeantes hogeras y en harapientos libros originados por los Bloodhound y sus aliados.

Entre los Valles de los Caídos, una envoltura de destrozado cristal se esparce por cientos de millas donde antes estaba el Santuario de las Estrellas. Leyendas tribales cuentan que aquí, la Hermandad del resplandor Sagrado guardó la Chispa del Conocimiento por cientos de años. Entonces vino la Bloodbound. La horda de guerra conocido como Brass Skulls irrumpieron desde la Puerta del Reino en el centro del Santuario, cayendo sobre la ermandad con salvaje furia. Auqnue los sacerdotes pelearon con poders mágicos, fueron asesinados sin piedad, y el Santuario de las Estrellas se derrumbó hasta las ruinas.

A través de las laberínticas cuevas de la Roca del Eco en Ghur, primitivas pinturas envuelven los túneles por leguas. Cuentan un tiempo cuando los orruks de la Irontusk Rampage hicieron causa común con un Seraphon para luchar contra los Bloodbound y sus lacayos Skaven. Por trés días y noches los Orruks y los Seraphon pelearon lado con lado contra la horda conocida como Carniceros Rojos. Por un tiempo, parecía que las Fuerzas del Caos habían sido vencidas. Pero la esparanza falló cuando los zumbaron los dientes de una rosa Arcanabulum de la tierra, los extraños poderes del mecanismo estimularon a la Bloodbound. Una terrible masacre sucedió, y la cuota de muertes fue tan grande que la Bloodbound fue capaz de levantar sus bastiones de huesos que siguen rodenando la Roca del Eco a día de hoy.

Por donde la Bloodbound pasaba a través de los Reinos Mortales, muerte y destrucción los seguía. It was they who overcame the Boneshard Behemoths of Hollow’s Reach and sacked the cities that festooned their megalithic forms. It was the Bloodbound who felled the chronohydrion amid the Nightwoods, following a trail of rebirth to its cavern lair and hacking off its horned heads. The Bloodbound even crushed the Beastclaw ogors of Mournful Valley, along with the rotted warband of Pustus Phlobb who sought to claim the ogors’ lives for Nurgle. A thousand such tales abound, bellowed with pride by the dark seers of the Bloodbound, the Slaughterpriests, even as they are whispered by the folk of the realms.

Tides of Blood Editar

Year upon year, the Bloodbound massacred all who stood before them. None could stay the meteoric rise of Khorne, and mountains of skulls rose to the skies where once vibrant cultures and brave armies had stood. Yet the very success of the Blood God’s followers would prove his undoing.

The Age of Chaos was a time of perpetual war, an endless maelstrom of battle and butchery. Khorne’s followers revelled in the slaughter, carving their way through one foe after another. Always a new and worthy challenge waited beyond the horizon. While the killing continued apace, Khorne’s power swelled until he dominated much of the Realm of Chaos. However, with Sigmar’s retreat into Azyr, the Bloodbound lost a worthy foe, for the God-King had resisted them like no other. Many mortal tribes still held out across the realms, and Khorne’s followers overran them, but it was increasingly poor sport.

Eventually, the Gods of Chaos stood ascendant, with only pockets of hardy or well-hidden foes left to resist them. Truly great battles became scarce, and it soon became clear that Khorne’s infernal brothers were gaining power once more. Nurgle’s followers grew strong as sickness and rot took hold across the Mortal Realms. Tzeentch saw ever more of his long, winding schemes come to fruition as the very fabric of the realms began to warp beneath the mutative powers of Chaos. By comparison, the Bloodbound were reduced to conquests akin to turning over rocks and stamping on the insects that scuttled from beneath.

Accordingly, the Crystal Labyrinth of Tzeentch and the fecund Garden of Nurgle grew strong, though the realm of vanished Slaanesh remained eerily static and silent. The Blood God raged, for if Chaos was to secure final victory over the Mortal Realms, it would be he, and no other, who claimed it. Thus, even as the vast and terrible hosts of Chaos pounded upon the gates of Azyr, the Bloodbound turned upon their allies with axes in hand. So began a new and treacherous time of slaughter, in which Khorne’s worshippers hacked down those alongside whom they had so recently fought. Sorcerous champions of Tzeentch fell, their horned heads severed even as mutating energies crackled from their raised claws. The corpulent worshippers of Nurgle and the screeching vermin of the Horned Rat banded together against this new foe, yet still they were driven back. The perverse followers of Slaanesh, already weakened by the disappearance of their hedonistic god, were scattered before the Bloodbound like chaff upon the wind.

Where once the worshippers of all the Dark Gods had besieged the Realm of Heavens, now only Khornate banners remained before the Realmgates that led to the golden lands of Azyr. So desperate for worthy skulls had the Bloodbound become that, even as their towering monsters and brazen engines pounded upon the Heavengates, their champions fought amongst one another.

Such is the way of Khorne, for he must always have bloodshed and violence no matter the price. Yet here the cost to Chaos had been great indeed, for the Dark Gods’ alliance in the Mortal Realms – which had lasted since the Age of Chaos began – was no more. All of the dark siblings, even the Blood God, had been significantly weakened by their sudden and brutal civil war.

The Realm of Heavens remained as impregnable as ever, its gates resisting all attempts to smash them asunder. Worse still, what prey remained within the other Mortal Realms had become elusive and troublesome to pursue. It seemed as though the final victory of the Dark Gods – so long presumed inevitable – might now drag out into a grinding and dissatisfying stalemate that threatened to last for centuries to come.

Los Conquistadores. Editar

Corren rios de sangre y se alzan piras de cráneos, pero los Dioses del Caos todavía no están satisfechos. Armados y protegidos por acero infernal, los siervos de los Poderes Ruinosos siguen peleando. Prosiguen su acometida el hacha, la espada y las garras. Quienes pueblan los Ocho Reinos deberán someterse o morir.

El camino a la supremancía en el Caos está cubierto de cráneos. Ciudades enteras son sacrificadas en rituales siniestros y los cuerpos masacrados de los enemigos se amontonan en rojos túmulos triunfales. Algunas victorias cruentas nacieron de la traición, la magia o la corrupción enfermiza; no obstante, los ejércitos sedientos de sangre han sido los responsables de causar la mayor destrucción.

Allí donde los Khorne Bloodhound pasaban, les seguía la muerte. Bajo sus férreas pisadas quedaban pulverizadas civilizaciones, y sus gentes eran destruidas sin piedad, corrompidas o esclavizadas.

Estos agentes inmortales del Caos no se dedicaban a la masacre solos. Del Reino del Caos les acompañaba la voluntad manifiesta de los Dioses Oscuros, las legiones demoníacas. Por donde quiera que marchasen la razón se derrumbaba y estallaba en anarquía. Sus pasos funestos hacían que la tierra misma se descompusiera, transformada en un paisaje de pesadilla, un reflejo de los reinos demenciales del más allá. Hasta el contingente mortal más numeroso sólo podría ralentizar las brutales invasiones, incapaz de detener a las hordas invasoras. Pero lo peor estaba por llegar.

Las legiones demoníacas dejaban algo más que devastación tras de si. Las ruinas de los reinos estaban saturadas de poder oscuro, una semilla del mal. La naturaleza del Caos no se limita a conquistar, sino que también corrompe, y cada triunfo esparcía más energías antinaturales en los Reinos Mortales. Las tierras quedaban contaminadas y mutaban formando un nuevo Reino del Caos.

Muchas bestias de los reinos se transformaron en monstruos retorcidos. Las mutaciones se extendía entre las tribus mortales supervivientes y algunas empezaron a adorar abiertamente a los Poderes Ruinosos, implorándoles su favor.

No hay recompensa más abundante que la concedida por los Dioses Oscuros. Poder ilimitado, o placeres terrenales, todos quedan al alcance de la mano. Los dioses del Caos ofrecen dádivas sin parangón a cambio de atroces tributos y repugnantes sacrificios. Los guerreros mortales se tornan asesinos sobrehumanos cubiertos de metal, dotados de una habilidad marcia inigualable. Los hechiceros pueden dominar la magia con un mero susurro. Todos luchaban por complacer a sus oscuros amos, cometiendo actos inenarrables con la esperanza de alcanzar el don definitivo: la propia inmortalidad.

Muchos descubrirían que esa generosidad no sólo va para los vencedores, y quienes decepcionan a los Dioses del Caos sufren horrores indescriptibles.

"¡Sangre para el Dios de la Sangre, cráneos para el Trono de Cráneos!"

No hay grito de guerra más temido en los Ocho Reinos. Quienes lo oyen saben que es el preludio de una carnicería irracional y una masacre despiadada.

Fuentes Editar

  • Reglamento Age of Sigmar.
  • Battletome: Khorne Bloodbound.

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