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Todo Reino Mortal es esencialmente una coalescencia de energía mágica mezclada con la materia misma de la creación. Cuando nacieron los reinos tras la destrucción del Mundo Pretérito, la gran mayoría de la magia shyishiana, las energías de la muerte, reposó en un área del vacío aetérico. Los sabios azyiritas la denominan la esfera del reino shyshiana o Reino de la Muerte.

Esta inverosímil realidad no sólo se circunscribe a un terreno concreto, sino a los inframundos de los vivos, a toda la vida posterior concebible a la que se atribuye presencia espiritual y la manifestación de ese gran reino. Toda creencia mortal se hace realidad en Shyish: Quienes creen en la cultura chamonica en la existencia de un de un paraíso idílico al que ascenderán todas las almas que sean dignas acabarán, a su muerte, a una existencia posterior que obedecerá a dicha descripción; los duardin que creen que una mina interminable llena de diamantes se encontrarán con carácter póstumo en compañía de sus antepasados en el interior de la Mina de Costuras Resplandecientes, pico favorito en mano.

Pero quienes creen que serán castigados por sus maldades son perseguidos a purgatorios que obedecen a las expectativas de su propia cultura, empeñados allí en tragar agua en lagos de magma o atrapados en una colosal telaraña, acechados por arañas gigantescas. El Reino de Shyish no es ni bueno ni malo, simplemente es el fin de todas las cosas, donde todas las almas acaban o deberían hacerlo, recibiendo su merecido.

Historia Antigua Editar

Como en todos los Reinos Mortales, la mayor concentración de magia pura se halló en tiempos en la frontera de Shyish. En su mortífera realidad, la magia escaseaba y costaba conducirla porque sus motas de energía eran pocas y muy distanciadas entre si. Fue aquí donde las culturas de Shyish más se asemajaban a las tierras de otros Reinos Mortales. Aunque había una patina mórbida en todos los aspectos de la realidad en lugares así, se cultivaban las cosechas, se criaba y educada a los niños, y se erigían las maravillas de la civilización de la roca y la arcilla más bastas, obras capaces de alcanzar la grandeza. Fue allí donde más profundamente arraigaron las tribus y las naciones humanas, duardin y aelf introducidas en el reino.

Pero en las fronteras del reino casi era imposible establecer la civilización. Abundaba la materia de la magia de Muerte, con muchas zonas inánimes. Allí los viajeros envejecían cien años en un solo día, veían cómo el viento arrastraba consigo su energía vital, o se volvían más delgados e insustanciales hasta transformarse en meros espectos. Los pioneros y los exploradores de territorios pronto aprendieron a evitar estos parajes, y en su lugar colonizaron los inframundos que habían cobrado existencia cerca del centro de Shyish. Allí los vivos coexistían con los muertos en un centenar, o más, de naciones distintas. Por un tiempo reinaron el orden y el progreso, porque Nagash aún no había proyectado sus sombra sobre las tierras.

En los albores de la Era de los Mitos, Nagash había despertado, sepultado vivo bajo un enorme túmulo montañoso, atrapado por el cataclismo que había destruido el Mundo Pretérito. Sigmar lo salvó de su destino; El Dios Rey esperaba granjearse un aliado que lo apoyase en su demanda de instaurar el Orden en todos los reinos.

Nagash, que es justo, honra sus deudas igual que castiga las transgresiones que se le hacen. Al principio, el Gran Nigromante y sus sirvientes no muertos colaboraron con el Panteón del Orden para construir la civilización de Sigmar. Pero el Dios Rey había, por piedad, liberado a un mortífero enemigo, y había puesto en marcha una cadena de sucesos que supondrían la transformación del derecho y del revés de Shyish.

Los desiertos de Shyrish son tan azarosos que cuesta aprehender su poder. Ningún mortal puede adueñarse del todo de él: Nagash personifica las energías de los no muertos y tiene facilidad para ligarlos a su voluntad.

Al principio el plan de Nagash de apoderarse de toda Shyish fue sutil, casi imperceptible. Cuando las fuerzas de los Dioses Oscuros alcanzaron cierta prominencia, vio disputado su dominio, conquistado incluso por las huestes del Caos en el transcurso de la Guerra de los Huesos. Pero no permitió que esto estorbara sus planes, se trasladó siempre que fue necesario y siguió tejiendo la telaraña. Ni siquiera los hechiceros y chamanes de Tzeentch percibieron sus intenciones durante largas décadas, porque los cadáveres sin mente que obraban a voluntad de Nagash poco interesaban al Arquitecto del Destino. Sin más que una palabra susurrada a su sirviente más próximo y leal, Arkhan el Negro, Nagash empezó a amasar su piedra del reino de Shyish y erigir monumentos a su propia ambición en el interior del territorio que hacía tiempo consideraba propio.

Cada año enviaba miles y miles de esqueletos a las fronteras del Reino de la Muerte. Por estar muertos, eran más resistentes que los mortales a las siniestras energías amatista que resplandecían sobre las dunas como hace la calima de Aqshian. Su tarea consistía en adueñarse de Tumba-Arena que caía en cascada sobre aquellas dunas, y llevarla de vuelta al lugar donde residía. Pero hasta un guerrero no muerto puede deshacerse al manipular tanta energía shyishiana. Los esqueletos tomaban un grano de Tumba-Arena de las fronteras del reino, acortando sin darse cuenta la vida de aquellos cuyo suministro robaban, para luego transportarlo con sumo cuidado a lo largo de más de diez mil leguas.

Los esqueletos no conocen la fatiga ni albergan dudas, así los hilos de los siervos no muertos se extienden por la tierra como colonias de hormigas que recogen granos de azúcar en una despensa para llevarlos al nido. Con el paso de las generaciones de vidas mortales, las legiones de esqueletos amasaron una gran cantidad de sustancia para satisfacción de Nagash, tanta que ha cambiado la naturaleza de la propia Shyish.

Nagash vitrificó su reserva de piedra del reino utilizando sus propias artes arcanas, dándole forma de ladrillos, duros como la obsidiana, sustancia que los hombres llamaron cistalumbrío. Invisibles exepcto para los muertos, nuevos monolitos de este peculiar material surgieron cerca de Nagashizzar. Empleando cuadrillas de esqueletos manipulados por capataces nigrománticos con frenesí de ingenios mecánicos, el Gran Nigromante inició la construcción de monumentos que se adueñaron del paisaje de Shyish. El mayor con diferencia fue la Gran Pirámide Negra, una edificación colosal construida boca abajo en mitad de Shyish.

El reflujo de las energías de Shyish que empezaron a fluir por el reino causaron que los hechizos de muchos nigromantes levantasen más no muertos de lo pretendido, pero pocos fueron conscientes del porqué del fenónemo. Los augures y videntes que atisbaron el desastre que se avecinaba procuraron guardar silencio, por temor a que hablar se considerase un desafío a los planes de Nagash.

La Gran Pirámide Negra Editar

Cuando la Tempestad de Sigmar irrumpió en las tierras, la longeva labor de Nagash llevaba a esas alturas largo tiempo gestándose. Ya se había anexiondo docenas de inframundos, y superado y consumido a los dioses menores de Muerte que los gobernaban. Aunque adquirió un gran poder haciéndolo, cada conquista era secundaria comprada a su verdadero plan.

Tanto había tardado su plan en dar frutos que pocos comprendieron su escala y majestuosidad. Ninguna deidad carece de ego, y muchas achacan este colosal monumento piramidal a la arrogancia de quien acostumbra a imponer la adoración propia. Nadie comprendía que dentro del interior de ese edificio, de paredes lisas como la superficie de un espejo, había una red de túneles y tuberías impecables que resonaban con, y en cierto modo canalizaban, la energía del vacío aetérico. Ni los aliados de Nagash, ni sus adversarios, repararon en que, al reunir semejante cantidad de tumba-arena en un único lugar, Nagash se había asegurado de que la mayor concentración de energía mágica en Shyish ya no se hallaba en sus fronteras, sino en mitad de su territorio.

Los skaven, arrugando el hocico al olisquear el aroma de la oportunidad, disponían de agentes en el exterior, incluso en la tenebrosa Shyish. Al saber de la existencia de una gran reserva de energía mágica, captaron las perturbaciones a través de los eriales. Los videntes grises del Clan-maestro anhelaban para sí el poder de Nagash y enviaron a investigar a sus agentes de los Clanes Eshin.

Los sombríos asesinos de esa subcultura skaven averiguaron que en pleno reino de Nagash había magia solidificada a raudales; de hecho, la mayor edificación de toda Shyish se componía de este material. Si esos agentes se hubiesen limitado a regresar junto a sus señores para informarles de sus descubrimientos, la historia habría tomado un camino muy distinto. Pero tras cubrirse con capas de sombra pura y acceder a un estado penumbral, los agentes skaven se abrieron paso más allá de los guardianes sin párpado de la gran pirámide para introducirse en sus laberínticos abismos sin que se oyese siquiera un solo frufrú.

Los skaven no fueron los únicos en acercarse a Nagashizzar a medida que se completaba la obra maestra del Gran Nigromante. Una invasión de orruks procedentes de Remota Ghurish emergía de un Portal shishiano y amenazó con asediar Nagashizzar. Tal vez Nagash hubiese descubierto a las ratas arrastrándose por su pirámide si no hubiera sido por la distracción causada por los estruendosos orruks que osaron amenazar la sede de su poder. Nagash se las ingenió para completar su obra antes de que los pielverdes la pusieran en peligro, y continuó con el gran ritual que había estado planeando, concluyéndolo antes de que existiese la posibilidad de que la burda presencia de los orruks lo pusiera en jaque.

Irónicamente, en vez de ello, la pureza del ritual de Nagash se vio corrompida por los roedores agentes del Caos. Los codiciosos skaven de los Clanes Eshin rascaban el cristalumbrío del interior de las salas de la Gran Pirámide cuando Nagash alcanzó una parte crítica de su ritual, y bastó con ello para interrumpirlo.

Mientras el hechizo de Nagash ganaba fuerza, la pirámide empezó a revolverse; lentamente al principio, pero pronto cobró velocidad. Giró a tal velocidad que se convirtió en un borrón, un cono con una punta increíblemente afilada que se hundió no taladrando el terreno, sino doblegándolo y distorsionándolo, como un peso arcano colocado en la urdimbre del universo. Descendió más y más, arrastrando Shyish tras de sí hasta que todo el reino adquirió forma de remolino más que de disco liso. Esta hazaña metafísica fue la obra maestra de Nagash, porque al rehacer el Reino de la Muerte había garantizado que, a partir de entonces, todos los inframundos se sentirían irremediablemente atraídos hacía él.

Nagash ya no tendría que soportar cómo las almas de los muertos shyishianos, ni las de los vivos, huían de sus garras. Serían absorbidas lentamente por el abismo profundo en que se había convertido el nuevo dominio de Nagash. El Nadir de Shyish donde incluso la muerte debía afrontar su final. Pero semejante apocalipsis maligno había sido corrompido por los agentes del Caos, y las consecuencias habrían de reescribir la naturaleza de la magia en los Reinos Mortales.

El Nadir de Shyish Editar

El cataclismo del Reino de la Muerte fue un suceso cargado de tal relevancia que cambió el destino de los inframundos. El cielo se hizo negrura, cobrando una tonalidad púrpura; el gentío comprobó que la piel le colgaba de los huesos, y una plaga de mil millones de escarabajos de caparazón con forma de cráneo cubrió el firmamento. Causó una serie de ondas de furibunda energía en todo el universo. Nagash había moldeado Shyish a su antojo, y con ello envió un manto de magia interminable que se abatió sobre todos los reinos.

De pronto, todos los cadáveres de los Reinos Mortales conectaron de nuevo con el espíritu que en tiempos los había habitado. Vinculados a sus restos por un hilo plateado de materia de alma, muchos de ellos se sintieron atraídos a través de dichos hilos, como si franquearan el Portal más diminuto, transportados de vuelta a las tierras de sus encarnaciones para resurgir como espíritus no-muertos.

El fenómeno de la no muerte se había extendido por todos los reinos, y los secuaces de Nagash se multiplicaron hasta alcanzar un nivel imparable. La magia desatada, invisible para la mayoría, enardecía a quienes la manipulaban. Hasta los magos más marginales hallaron un huracán de poder arcano en las yemas de los dedos, hechizos devastadores a una frase de distancia, pero pocos fueron capaces de controlar mucho tiempo semejante poder. Estas hechicerías no se disipan, sino que sobreviven largo tiempo tras su invocación.

Los reinos no sólo habían padecido la plaga de los no muertos, sino que un estallido de magia interminable, desbocada, que únicamente podía controlarla el más poderoso de los magos. Así dio comienzo una nueva era, y con ella, una nueva guerra.

Fuentes Editar

  • Batalla de Forjaglymm. Suplemento de Age of Sigmar (Segunda Edición)